viernes, 30 de septiembre de 2011

Gato de circo.







Unos espeluznantes ojos amarillos escrutaban desde la oscuridad de las carpas a todo aquel que osaba pasear por el lugar a aquellas horas de la noche.

El frío silencio sólo se veía interrumpido por el ruido de las verjas oxidadas del resto de animales que allí esperaban para deleitar al público en su próxima actuación.

El cortante aire agitaba violentamente los desnudos arbustos y árboles de la zona, lo que le daba un ambiente más lúgubre a la escena.

Y, mientras el tiempo pasaba, el animal de ojos amarillos seguía vigilando el lugar. Al pie de la carpa principal.

Luiggi, el dueño del circo, paseaba por los alrededores echando un último vistazo a sus pertenencias. Después de sentir un gran escalofrío recorriendo cada una de las partes de su cuerpo, cruzó, por equivocación, sus oscucros ojos con los brillantes del animal. Entonces, sus extremidades fueron incapaces de reaccionar y se quedó estático en el lugar unos minutos.

El oscuro animal salió de las sombras, acercándose poco a poco a Luiggi, que seguía como una estatua en el mismo sitio.

Era un gato, un gato negro y delgado, que se movía ágil entre la húmeda hierba. Con los ojos fijados en el hombre de largas y oscuras barbas. Se acercaba lentamente hasta llegar a pocos metros de los pies de Luiggi, para pasear lentamente en círculos a su alrededor.

El extraño animal de acercó a el camal de su  pantalón, para restregar su peludo y suave cuerpo por él y así dejar su olor en las ropas del mismo.

Otro tremendo escalofrío recorrió el cuerpo del, ya entrado en edad, hombre. Entonces, el gato volvió a las sombras de la carpa, para descansar y vigilar en esa fría y oscura noche.