Sus ojos de un color apagado, denotaban tristeza, una tristeza muy profunda. Con tan solo 16 años, había sufrido más que cualquier persona en toda su vida. Su piel era blanquecina, sus pómulos poseían un rojizo color que demostraba que todavía estaba viva, después de todo. Sus labios carnosos, inmóviles, se veían blancos, al igual que su suave tez.
Era una chica alta y delgada, bastante guapa, aunque ella, al mirarse al espejo, viese a la persona más fea del mundo. Su pelo oscuro caía en bonitos tirabuzones sobre sus hombros y espalda y le tapaba parte de los ojos. Sus frías manos descansaban en los bolsillos de su abrigo.
Su aspecto no era el de cualquier chica de 16 años, realmente aparentaba 22 0 23. Pero no sólo se quedaba ahí, cuando conseguías hablar con ella, y te dejaba ver cómo era realmente, descubrías que era una chica demasiado madura para su edad, preocupada por temas que muchos adolescentes no se plantearían. Mentalmente era mucho más madura que jóvenes que ya deberían serlo.
Dicen que a una persona se la pueda describir por sus vivencias, probablemente esta chica era una desafortunada. Una solitaria, que, en los tiempos que corrían, debía de andarse con cuidado. Incómodamente arraigada a esa fría y seca ciudad, no por gusto propio. Con ansias de descubrir mundo y de desatarse de todos los problemas que allí la sujetaban y la limitaban.
Con sueños imperecederos, que descansaban sobre sus hombros, los cuales, algún día, haría realidad. Estaba dispuesta a luchar por ellos. Con la mala suerte pegada en las suelas de sus zapatos, conseguía caminar sin resbalarse, prácticamente.
Estaba claro que esta chica tenía mucho que decir, pero poca gente quería escucharla.
Muchas más cosas que se escondían detrás de esos ojos de color apagado, que dejaré que tú mismo descubras, si alguna vez consigues cruzarte con ella por algún lugar del mundo.
