Me desperté sobresaltada, con gotas de sudor deslizándose
en mi cuello y frente. Las velas que iluminaban la alborotada habitación se
movían violentamente. Barrí la estancia con la mirada y me tropecé con un espejo,
pequeño y redondo que había colgado en la pared.
No pude evitar acercarme. Antes era una chica muy presumida
y coqueta, pero después de todo lo que me cayó encima dejé de preocuparme por
mi imagen y empecé a hacerlo por lo que pasada dentro de mí. Por el estado de
descomposición en el que se encontraban mis sentimientos.
Me levanté y posé mis pies en la fría madera del suelo. Tomé
una vela y me acerqué lentamente al espejo. Ahí, por primera vez en tanto tiempo,
me vi la cara. La tenía pálida. Debajo de los ojos descansaban unas manchas violáceas, dando un aire siniestro a mi semblante. El pelo negro, húmedo por
el sudor, estaba pegado a mi cuello y frente. Entonces, pensé que, en ese
momento, mi imagen representaba perfectamente mi interior.
Estaba destrozada, inservible, sola, agonizante. Nadie podría jamás entenderlo.
Apoyé mi cabeza contra el espejo una vez. Después la apoyé más fuerte. Tiré la vela al suelo, con rabia. Y seguí apoyando la cabeza, cada vez más fuerte en el espejo. Hasta que, dolorida, vi cómo se rompía en pedazos.
Me agaché al suelo para tomar uno de ellos entre mis manos,
un trozo grande y puntiagudo, y me lo acerqué al vientre.
Pensé en todo, desde que nací hasta ese momento, y nada, ni
un ápice de felicidad. Soledad absoluta y fracasos por doquier era lo que
adornaba mi vida. Por lo que di el paso, un paso brusco hacia la pared que
ayudaría a clavar el cristal en mi vientre, y a acabar con todo de una vez.
