jueves, 30 de enero de 2014

La noche.


Bailamos, bebemos, reímos cómplices de nuestro gran secreto que en realidad no existe. Me mira, le sostengo la mirada, sonriente pero vacilante. Me queman los labios, me arden en deseo.  Me toma por la cintura, y se acerca a mi, en lo que parecía un descuido. Me besa, tímido, yo me sonrojo. Sonrío. También me sonríe el corazón. Me vuelve a besar, él y toda su experiencia, él y todo su pasado.
Pasan los bailes, las copas, la gente entrometida, amigos, enemigos; pero es tan efímero que ni me percato. Yo estoy en mi burbuja, feliz de que me desee, feliz de que me sonría.
La noche se va muriendo, pero nosotros seguimos sonriendo. Los besos se tornan más profundos y ardientes. Chocan nuestros dientes, impacientes. Sonrío.
Un botellín rueda por el suelo. La gente le da patadas. Me toma de la mano, sonrío, el mundo se reduce a su contacto.
Salimos al frío, caminando hacia el final de la noche. Fumamos, reímos, conscientes de que este paseo mágico acabará. Me dice una y otra vez que no podía dejarme escapar “no esta vez”.
Me despido de una noche que ha dejado huella en mi corazón mal reparado con cinta americana, de una noche que le ha propinado unas enormes ganas de latir. Pongo esperanza en esto, en esta mágica aventura, toda la esperanza que podría poner una jovencita inexperta y temerosa como yo. Feliz como la que más. Y de pronto, miro al futuro, y me siento aterrada.

sábado, 6 de octubre de 2012

Hablemos...

Hablemos sobre amor, sobre deseo, sobre pasión.
Hablemos sobre sudor, rebeldía, diversión.
Hablemos sobre escapar, volar y aterrizar en una cama, en tu habitación.
Hablemos sobre lágrimas, sollozos y risas.
Hablemos sobre lo bonito que sería despertar junto a ti cada día.
Hablemos sobre momentos de pérdida en tus ojos oscuros, mirando la luz de tu corazón.

Hablemos sobre nuestras almas entrelazadas, invencibles, desfogadas.
Hablemos sobre caminar juntos sobre playas de arena dragada.
Hablemos sobre perdernos abrazados en las aguas de la nada.
Hablemos sobre rabia, impotencia, más rebeldía.
Hablemos sobre lo suavemente que te besaría.
Hablemos sobre tu olor, tu tacto, y tu sabor.

Hablemos ahora sobre la distancia, la cual rompería de un chasquido si hiciera falta.
Hablemos sobre la impotencia, los lazos que nos atan a la vida cotidiana.
Hablemos sobre los sueños, que nos mantienen juntos a kilómetros.
Hablemos sobre las lágrimas que hemos derramado al no poder tenernos.
Hablemos sobre cambiar y deshacernos de toda esa infección.
Hablemos sobre nuestro amor, nuestro deseo y nuestra pasión.

- De mí, para ti.

martes, 26 de junio de 2012

Nadie está solo.

En éste mismo instante
hay un hombre que sufre,
un hombre torturado
tan sólo por amar
la libertad.

Ignoro
dónde vive, qué lengua
habla, de qué color
tiene la piel, cómo
se llama, pero
en este mismo instante,
cuando tus ojos leen
mi pequeño poema,
ese hombre existe, grita,
se puede oír su llanto
de animal acosado,
mientras muerde sus labios
para no denunciar
a los amigos. ¿Oyes?...

Un hombre solo
grita maniatado, existe
en algún sitio.

¿He dicho solo?
¿No sientes, como yo,
el dolor de su cuerpo
repetido en el tuyo?
¿No te mana la sangre
bajo los golpes ciegos?

Nadie está solo. Ahora,
en este mismo instante,
también a ti y a mí
nos tienen maniatados.

 - Juan Agustín Goytisolo

jueves, 26 de abril de 2012

Reflejo de una vida.




Me desperté sobresaltada, con gotas de sudor deslizándose en mi cuello y frente. Las velas que iluminaban la alborotada habitación se movían violentamente. Barrí la estancia con la mirada y me tropecé con un espejo, pequeño y redondo que había colgado en la pared.

No pude evitar acercarme. Antes era una chica muy presumida y coqueta, pero después de todo lo que me cayó encima dejé de preocuparme por mi imagen y empecé a hacerlo por lo que pasada dentro de mí. Por el estado de descomposición en el que se encontraban mis sentimientos.

Me levanté y posé mis pies en la fría madera del suelo. Tomé una vela y me acerqué lentamente al espejo. Ahí, por primera vez en tanto tiempo, me vi la cara. La tenía pálida. Debajo de los ojos descansaban unas manchas violáceas, dando un aire siniestro a mi semblante. El pelo negro, húmedo por el sudor, estaba pegado a mi cuello y frente. Entonces, pensé que, en ese momento, mi imagen representaba perfectamente mi interior.

Estaba destrozada, inservible, sola, agonizante. Nadie podría jamás entenderlo. 

Apoyé mi cabeza contra el espejo una vez. Después la apoyé más fuerte. Tiré la vela al suelo, con rabia. Y seguí apoyando la cabeza, cada vez más fuerte en el espejo. Hasta que, dolorida, vi cómo se rompía en pedazos.

Me agaché al suelo para tomar uno de ellos entre mis manos, un trozo grande y puntiagudo, y me lo acerqué al vientre.

Pensé en todo, desde que nací hasta ese momento, y nada, ni un ápice de felicidad. Soledad absoluta y fracasos por doquier era lo que adornaba mi vida. Por lo que di el paso, un paso brusco hacia la pared que ayudaría a clavar el cristal en mi vientre, y a acabar con todo de una vez.

martes, 21 de febrero de 2012

Alice

Podía sentir el agua caliente bañado cada esquina de mi desnudo cuerpo, el aroma floral y relajante del jabón hacía que recordase mi infancia, cuando el sol brillaba en el jardín de mis abuelos, aquellos felices veranos. No pude reprimir una sonrisa.
Entonces alargué la mano hasta la copa de vino que descansaba sobre la repisa de la amplia bañera, di un largo trago, hasta dejar la copa casi por la mitad, para después saborear el dulce jugo.
Un pétalo pálido y ligero que flotaba rozó mi hombro. Inhalé una vez más el aroma de aquel  lugar, llenando mis pulmones de oxígeno, para después sumergir la cabeza.
Ahora el más absoluto silencio. Llegué a agudizar mi oído hasta tal punto de distinguir la música clásica que sonaba de fondo, fuera, en aquel lujoso lugar.
Estuve así el tiempo que mis pulmones me permitieron, para luego salir a la superficie y sentir la brisa fresca en la piel. Ahora ya no habían azulejos a mi alrededor, si no un frondoso bosque, con aboles altos, una densa niebla no me permitía ver sus copas.
Unas luciérnagas revoloteaban animadas a mi alrededor, entonces salí de la bañera, y la ligera brisa rozando mi cuerpo lo hizo estremecer. Entonces divisé una capa blanca reposada sobre una fría roca.
Con la prenda por encima, empecé a recorrer aquel extraño pero precioso lugar. La hierba crecía en el suelo, verde y perfecta. Más adelante, llegué a un bosque de preciosos alcornoques, a través de sus copas se colaban unos tímidos rayos de sol.
Seguí caminando, como si me supiera de memoria ese camino. Sonriendo al ver cada una de las flores que me encontraba, cada cual más peculiar, con preciosos colores, unas más vistosas y otras no tanto, pero no menos hermosas.
Pude escuchar unos alegres pajarillos cantando, haciendo una música de lo más melosa y agradable. Entonces, encontré una hamaca de tela, colgada de dos árboles., donde decidí sentarme a descansar, y mecida por el suave viento, me quedé dormida.
Una fría ventisca me despertó, lluvia y nieve caía a mi alrededor, y el cortante aire azotaba los mechones de mi pelo contra la piel. Ya no estaba en aquel precioso bosque. A mi alrededor no había nada, nada visible. Frío, viento y nieve. Estaba rodeada por una extraña nube.
Intenté andar, pero el espesor de la nieve no me dejaba avanzar mucho. Tiritaba de frío bajo esa ligera capa. Entonces, lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
Me hice un ovillo y me metí entera dentro de la capa, protegiéndome de aquella horrible ventisca. Y de pronto sentí un golpe sobre mi costado.
-¡Vamos, perra, levanta!
Solo era un sueño.
-¿Qué tal estás, monada? Un poco sucia y maloliente. No te preocupes, si vienes con nosotros haremos que tu sufrimiento termine.
Rieron con burla aquellos idiotas.
-Ni lo sueñes, tus putas pueden esperar, no me pienso unir a ellas.
Continué tumbada entre mis cartones, deseando que aquella panda de indeseables desapareciera.
-Bueno, tendremos que dejar de ser amables.
Uno de ellos alargó su brazo hasta mí, pero yo lo aparté de un manotazo.
-No me toques.
Un montón de risotadas sonaron a mi alrededor.
-Vamos, perra… tenemos prisa.
Entre tres hombres me cogieron y me arrastraron hasta su club, la resistencia que opuse fue en vano. Al llegar, un hedor invadió mi nariz, entonces añoré el lugar con el que había soñado minutos atrás. Todo había pasado tan rápido…
Dos chicas jóvenes y vestidas con diminutas faldas se cruzaron en nuestro camino y me miraron con tristeza.
Llegamos a una oficina mugrienta donde un hombre de color descansaba sobre una desgastada silla de cuero.
-Me ahorraré las presentaciones innecesarias, yo soy Jack, y tú serás… Sally. Ahí tienes tu uniforme, te facilitaremos más ropa. Ahora vístete y sal a trabajar.
-No.
Más risotadas.
El hombre que se hacía llamar Jack me miró a los ojos por primera vez.
-Si quieres seguir metiéndote tu mierda más te vale trabajar para mí
Yo tragué saliva y traté de mantener la calma, era una jodida drogadicta, pero tenía mis derechos.
-Vaya, Jack, ¿así es como tratas a los nuevos?
-Vamos, nena… no voy a perder mi tiempo contigo- soltó Jack con desprecio.
-Claro, entonces, dime, ¿por qué has mandado a toda esta gente a por mí? Si no quieres perder tu preciado tiempo sería mejor que ni lo intentaras.
-Sacadla de aquí.
Dos hombres corpulentos me llevaron en volandas hasta una sala para que me limpiase y me vistiera, o mejor dicho, me desvistiera.
Disfruté de una ducha bien caliente, la cual no probaba desde hacía años. Y al salir me vestí con los atuendos que me impusieron. Al mirarme al pequeño espejo que había en el lugar vi que, después de todo, tampoco tenía tan mala pinta.
Golpeé la puerta para que me abriesen, y los dos hombres no pudieron reprimir una sonrisa. Me condujeron hasta lo que parecía ser el salón principal de un club de alterne. Había chicas jóvenes y muy guapas bailando en el escenario, haciendo movimientos sensuales e imposibles en las barras, mientras cuarentones y jóvenes alcohólicos fracasados las miraban con perversión.
-Date paseos por el lugar, y si algún hombre te pide de tus servicios fíjate en las tablas de precios y házselos saber, y por supuesto se amable. Como trates de escapar o escabullirte, los de seguridad nos avisarán.
Los hombres me lo explicaban todo con detenimiento.
-Además- empezó uno de ellos- esto es mucho mejor que vivir en la calle.
Yo me resigné, lo tenían todo muy bien pensado. Además, si me facilitaban la droga para mí sería mejor que ir por ahí con todos esos maderos sueltos.
-Pero tengo que hablar con Jack.
-Oh, vamos, nena, Jack no está de muy buenos humos hoy, y encima mucho menos si tú le haces quedar de incoherente delante de todos sus inferiores.
Aquel hombre tenía razón.
-¿Quién me pasará la mierda ahora?
Los dos gorilas se pusieron algo tensos.
-Al final del día pásate por mi oficina.

Aquel lugar apestaba a sexo, a alcohol y a tabaco. Me di un par de vueltas por el club mientras los hombres me miraban con satisfacción, hasta llegar a la barra. Allí, una camarera rubia, bastante guapa me miró con envidia y lástima a la vez.
-¿Eres la nueva?
Yo asentí.
-Bueno, te serviré un chupito para que entres en calor.
La rubia me explicó con detenimiento cómo funcionaban las cosas allí, y por lo que deduje, aquel Jack tenía mucho poder. Le pregunté varias veces por cómo ella aguantaba el tener que vender su cuerpo de aquella manera.
-No es la mejor manera de vivir, pero por lo menos aquí trabajo sin temer violaciones ni agresiones. Por el resto, tómatelo con calma, poco a poco te irás acostumbrando. Por cierto, mi nombre es Inna- dijo antes de recoger mi vaso de tequila ya vacío.
Seguí paseando por el lugar, entre hombres sedientos de sexo y cargados de problema que me sonreían y al ver mi gesto serio giraban la cabeza y dirigían su mirada a la prostituta que bailaba en el escenario.
Me acerqué a una chica que estaba a un lado de la sala, con la intención de recibir alguna información a cerca de aquello.
-Hola.
Ella me miró con envidia y desprecio.
-¿Quieres algo, bonita, o sólo has venido a robarme a los clientes?
-No, en realidad ya tengo lo que buscaba.
Esa puta se había levantado de mala leche hoy.

Seguí caminando por el lugar, agradecida de que ningún hombre se me acercara más de la cuenta, hasta que por la puerta entró alguien que llamó mi atención. Era un tipo alto, con el pelo oscuro y corpulento. Yo me mantuve a una distancia siempre prudente, pero observando cada uno de sus pasos con detenimiento.
Se acercó a la barra y pidió algo de beber. Lentamente paseó su vista por la sala, mientras le servían la copa, hasta posar sus ojos en mí. Yo, tan absorta en mis pensamientos, tardé décimas de segundo en reaccionar, pero fue tiempo suficiente como para que advirtiese mi notado interés por él, bajé torpemente la vista mientras me maldecía por dentro.
Me quedé inmóvil, mirando al suelo, apoyada en aquel taburete, mientras era consciente de cada paso que daba, cómo se acercaba a mí dando rodeos, esquivando mesas y a compañeras que le ofrecían sus servicios, lentamente, devorándome con la mirada.
Se posó a dos metros delante de mí, y entonces tuve que cumplir mi deber como prostituta, le miré y le sonreí de mala gana. Él hizo por cortesía lo mismo, antes de dar otro paso más, acortando distancias.
Entonces le miré por primera vez a los ojos, y advertí que él no miraba mi cuerpo extasiado, como el resto de hombres que por allí merodeaban.
-¿Quieres algo?-dije intentando parecer lo más fría posible.
El hombre sonrió, y negó con la cabeza.
-Solo contemplaba tu hermoso y jovial rostro.
Su voz sonaba grave, seductora y a la vez reconfortante.
No supe cómo reaccionar ante aquella respuesta, por lo que bajé la vista al suelo y dejé que unos rizos dorados de mi pelo, que llevaba semi recogido, se deslizasen sobre mi cara y hombros. Me miré los pies, claros, como el resto de mi piel, con las uñas pintadas de granate, al igual que las de las manos. Unas medias de rejilla los cubrían, las cuales subían por las pantorrillas y muslos, lasta llegar a aquellos diminutos pantalones negros. Mis piernas eran bastante largas, en realidad yo misma era una chica bastante alta y delgada.
Llevaba un cinturón con una especie de balines en mi estrecha cintura, el cual dejaba ver el tatuaje que me hice a los diecisiete años, con  el dinero que me dieron al cumplirlos. A mi padre no le hizo nada de gracia. Con el torso desnudo y un sujetador del mismo color que los pantalones me postraba inmóvil ante los ojos de aquel supuesto depredador de prostitutas.
Me atreví a subir la cabeza ligeramente y estudiar su aspecto. Vaqueros desgastados y unas botas negras, de lo que debía ser cuero. En la parte de arriba una sencilla camiseta blanca con el logotipo de algún grupo de música que yo desconocía, y por encima una chupa de cuero negra. Como mencioné antes, era bastante corpulento, tenía una buena percha. El pelo lo tenía alborotado, de unos cuatro dedos de longitud, castaño. Y sus hipnotizantes ojos me volvieron a pillar por sorpresa esta vez.
-¿Qué te parece si charlamos a solas?
Asentí nerviosamente mientras le extendía una tabla con los precios. Él pareció mirar mis demacradas muñecas haciendo caso omiso a la tabla. Al percatarme la volteé.
-Señor, le ruego que revise los precios.
-No creo que lo necesitemos.
Le conduje hasta una habitación privada que había libre. Al entrar contemplé el sillón de pelaje rojo que yacía en medio de la habitación. Las paredes decoradas con un papel rosa y negro, con un estampado bastante vintage.
-Creo que será mejor que charlemos aquí, no me gusta sentir la mirada de esos gorilas clavada en la nuca- su voz me sobresaltó.
Yo me mantuve inmóvil al lado del sillón, mientras él daba vueltas a la habitación.
-Mi nombre es Stefano.
-Yo soy A… Sally.
El hombre sonrió. No dejaba de mirarme a los ojos.
-Nunca te he visto por aquí, debes de ser nueva.
-Sí, he llegado esta misma tarde.
-Ya veo…
Quedó callado unos instantes.
-Soy de Italia, he venido aquí hace un par de años, gracias a la empresa en la que trabajo, y en mis horas libres me dedico a merodear por antros como este, buscando sexo y algo de bebida.
Yo me quedé en silencio.
-¿Eres de aquí?
-No, en realidad soy del sur, me trasladé con mi familia a una ciudad cercana cuando era pequeña.
-No tienes pinta de ser del sur.
-Ni tú de ser italiano.
El hombre rio ligeramente.
-Trabajo en una empresa de asesorías financieras del norte de Italia, pero debido a la gran expansión y al éxito que tuvo se amplió hasta aquí. Pareces joven, muy joven ¿qué edad tienes?
-Tengo 19 años.
Se sentó tranquilamente en el sillón, antes de dar dos largos tragos al líquido que contenía su copa. Después me ofreció asiento, y yo tuve que aceptar.
Entonces él continuó hablando.
-¿Hace mucho que trabajas en esto?
Yo dudé.
-En realidad hoy es el primer día.
El hombre asintió sin sorpresa. Me estaba empezando a caer bien.
-Si yo tuviera que hacer lo mismo que tú, me sentiría mal conmigo mismo.
Esa simpatía comenzó a desaparecer.
-Yo no he hecho nada todavía, además, me puedo ir cuando quiera…
Luego me di cuenta de que eso era mentira, estaba allí presa. Una gran losa de decepción cayó sobre mi corazón. Siempre he estado debajo de cartones en lugares poco transitados, ataviada con ropajes sucios y malolientes, bajo los efectos de las drogas, siempre he soñado con salir de la calle y cambiar de vida, pero nunca quería ser esclava de algo, como ya estaba siendo, y mucho menos de alguien.
Una ligera lágrima rodó velozmente por mi mejilla, la primera de tantas otras que la siguieron.
Aquel desconocido me abrazó y consoló durante un buen rato. No tuve necesidad de hablar, él tampoco preguntó nada, simplemente me abrazó, haciéndome sentir protegida por primera vez en cinco años.
El tiempo que restó estuve tumbada sobre su pecho, mientras él me acariciaba el pelo. Se quitó la cazadora para que pudiese taparme.
Pero el tiempo pasaba y los seguratas que nos vigilaban antes aporrearon fuertemente la puerta. Yo, que estaba adormilada me sobresalté, en cambio él permaneció sereno.
Se levantó con tranquilidad y después de retirarme la cazadora de encima me revolvió el pelo y me corrió el pintalabios.
-Abre y pregunta.
Yo hice caso a lo que decía, me dirigí hacia la puerta y la abrí con una sonrisa.
-¿Hay algún problema?
El hombre blanco me miró y echó un vistazo a Stefano, que yacía en el sillón con los pantalones desabrochados.
-No, señorita, puede continuar. Disculpe las molestias.
Cerré la puerta y me giré de nuevo hacia él. Yo estaba tan agusto y tranquila con él a mi lado que odiaba la simple idea de que se tuviese que marchar, pero él se estaba poniendo la cazadora y abrochando los pantalones.
La gran y pesada losa cayó con más fuerza sobre mi corazón, y mis ojos cambiaron a inexpresivos de inmediato, para volver a tener la misma mueca seria de siempre.
Se dirigió hacia mí y me besó en la frente.
-Te voy a sacar de aquí esta misma noche. Todo irá bien.
Le abracé con fuerza antes de salir por la puerta hacia el salón principal. Ya solo quedaban unos cuantos borrachos que no sabían ni dónde estaban. Debía de ser tarde.
Stefano se dirigió a la barra a devolver el vaso para luego dirigirse a mí.
-¿Dónde duermes?
Yo titubeé.
-No tengo hogar, vivo en la calle.
Se giró con brusquedad para dirigirse a uno de los seguratas que nos vigilaban atentos. Yo miraba perpleja cómo se lo llevaban por la puerta por la que yo entré por primera vez.
No sé qué es lo que iba a hacer, pero espero que le saliese bien. Me acerqué a la barra y pedí a Inna algo de beber.
-Nena, ese hombre no me gusta, viene por aquí mucho, pero nunca trata con nadie, ni con ninguna de las chicas.
Yo asentí mientras vaciaba a largos tragos aquel vaso.
-¿Qué habéis hecho ahí dentro?
No sabía que responder, por lo que me fui, haciendo como que la música me impidiese haber oído su pregunta.
Cuando me quise dar cuenta Stefano ya estaba fuera y se acercaba a mí.
-Sales a las doce, te paso a buscar a y media para que te de tiempo a cambiarte y a ducharte.
Yo me quedé perpleja, y antes de que pudiese decir nada ya se había ido. No pensaba que pudiese salir de ahí nunca.
¿Qué hora era? Las once y veinte, cada vez faltaba menos. Ansiaba que pasase cada minuto para volver a encontrarme con aquel extraño hombre, aquel que me había cautivado con tan solo una mirada, aquel que me hacía sentir protegida con su simple presencia.
Andaba yo tan absorta en mis pensamientos que no divisé aun borracho que se me acercaba con intención de manosearme. Odiaba eso, pero tenía que actuar como la prostituta en la que me había convertido y le senté en una silla de buenas maneras, con una sonrisa en la cara y dejándome tocar un poco, como mis compañeras.
Tenia ganas de que llegase el final del día, no sólo por salir de ese tugurio, si no por que me dieran lo que me correspondía.
Hablé con un par de chicas más, una me enseñó movimientos para poder hacer encima del escenario, cuando me tocase, y la otra me enseñó a mantener el equilibrio con plataformas altas.
El tiempo pasaba y la hora llegó. Me pasé por la oficina del hombre y me dio mi mierda. Al salir y vestirme no dudé en metérmelo todo, por si acaso a alguien se le ocurría registrarme. Me facilitaron unos vaqueros y una camiseta nuevos, junto con un abrigo y unas zapatillas, puesto que lo que llevaba antes lo tiraron a la basura, y, a las doce y media, salí a la puerta a esperar a Stefano. Me encendí un cigarro del paquete que le robé a un segurata que rondaba por el lugar mientras paseaba relajada.
A los minutos un coche negro deportivo se paró en frente.
-Vamos, sube.
Hice caso a lo que me mandó esa voz que me sonaba ya tan angelical. Y al subir le vi a él, como un ángel. Los efectos de las drogas jugaron un papel fundamental para que eso sucediese. No pude reprimir una sonrisa, seguida de unas cuantas carcajadas.
Él permaneció en silencio todo el trayecto mirando a la carretera, pero de vez en cuando echándome un vistazo, me ponía sus fríos dedos sobre la frente y volvía a mirar a la carretera.
-¿Qué quieres?- dije con la voz algo carrasposa.
Él continuó en silencio.
-Oh, vamos, ¿te pasa algo?- insistí mareada.
-No sabía que fueses drogadicta.
Yo no supe qué contestar, y ladeé la cabeza hacia él para ver su  rostro.
-¿Qué edad tienes?
Él se incomodó algo por la pregunta.
-Si te lo digo saldrás corriendo pensando que soy un pervertido.
Yo reí, no sabía por qué, pero me entró la risa tonta.
-No, vamos, dímelo.
Seguía con la cabeza colgando hacia él y pude ver en sus ojos tristeza.
-34
Yo volví a ladear la cabeza hacia la carretera y permanecí en silencio un buen rato.
-Yo pensaba que esto me haría olvidar todo lo que estaba viviendo en casa, pero sólo conseguí que mis padres me echaran y no volviera a saber nada de ellos.
Él continuó en silencio, mirando fijamente la carretera, con los brazos estirados y firmes apretando el volante de cuero beige, por lo que decidí seguir hablando.
-Supongo que Jimmy no fue muy buena influencia, pero él me decía que me quería y me escuchaba siempre que lo necesitaba.
Nerviosa busqué en mi bolsillo el paquete que había robado antes para sacar otro cigarro. Al ponérmelo en los labios Stefano alargó su brazo para quitármelo y tirarlo por la ventanilla.
-¿Pero qué haces? ¡Me ha costado mucho conseguirlos!
Él continuaba impasible mirando a la carretera, en cambio yo estaba incorporada, girada hacia él.
-Siéntate y ponte el cinturón.
-Ni lo sueñes, quiero fumarme un puto cigarro.
Entonces él frenó bruscamente y mi cuerpo se estampó contra la luna del coche.
-Baja- dijo con  el semblante serio.
Yo titubeé.
-Qué… ¿qué dices?
-Vamos, Sally, no estás sorda, te he dicho que bajes. Ahora.
Yo me incorporé y abrí la puerta. Me puse de pie a duras penas y dejé la puerta abierta antes de alejarme unos pasos.
-¿Qué vas a hacer? ¿Te vas?
Él siguió mirando al frente, con el rostro muy serio, o eso parecía, porque se me empezó a nublar la vista.
-Eh… no veo nada. Eh…
Rápidamente unos brazos duros me metieron en el coche y a partir de ahí, caí en un profundo sueño.

-Buenos días, Sally.
Me despertó su dulce voz mientras me acariciaba las sienes. De fondo se oía el pitido de una máquina. Vi que tenía agujas en los brazos amoratados, con varios goteros a mi alrededor. Estaba en un hospital.
Alcé la cabeza y le miré a él.
-¿Qué cojones es esto?
Él rio levemente.
-Estás en una clínica de desintoxicación.
Yo me asusté y traté de levantarme rápido.
-Yo me largo.
Él no hizo nada para impedirlo, pero en cuanto me puse en pie mi cabeza empezó a dar vueltas y tuve que volver a sentarme.
-Por favor, sácame de aquí- le rogué.
Él se acercó hasta mí y se sentó a mi lado. Me rodeó con los brazos y empujó mi cabeza hasta su hombro.
-Hasta que no te rehabilites no.
Yo me asusté.
-Vale, vale… te prometo que no me voy a meter nada, nunca más.
Me miró a los ojos.
-Me tengo que ir, pero vendré por la tarde a verte. Haz caso a las enfermeras y si quieres hablar conmigo llámame al móvil- me señaló un teléfono que había en la pared- el número está apuntado en ese papelito rosa.
Y otra vez me volvía a quedar sola.

Estuve tumbada en la cama varias horas, hasta que decidí que ese no era lugar para mí. Me quité las agujas y me vestí, para luego salir de allí.
Quizás esa decisión fue una de las peores que tomara en mi vida, porque no volví a saber nada de Stefano, el único que me quiso salvar de todo aquello. Seguí trabajando en el club, y por supuesto seguí drogándome cada vez que podía. Estuve en la cárcel un par de veces, pero siempre conseguía salir al poco tiempo. Estaba claro que mi vida ya era una mierda.
Consideré el pegarme un tiro muchas veces, era fácil conseguir un arma, y seguro que nadie me echaba de menos, pero recapacitaba a tiempo.
Llegué a hacer amistad con una de las chicas del club, se llamaba Roxanne. Era alta y pelirroja. Muy jovial y animada. Ella me animó a cambiar de club, a uno de mejor gama, sin tanto viejo y con gente con más dinero. Allí ganaríamos más dinero, y quizás podríamos comprar alguna casa o alquilarla.
Tras muchos intentos y pruebas de admisión nos aceptaron a las dos en un club llamado The Secret. Allí todos eran ricos, algunos más viejos y otros no tanto. Con el dinero que ganamos pudimos alquilar un piso entre las dos, sencillo, con una habitación, una cocina, un baño y un salón. Bastante viejo y en mal estado, pero con eso nos bastaba.
Dejé de meterme tanta mierda y mi aspecto mejoró bastante. Gracias a Roxanne, empecé a tener algo de esperanza. Quizás mi vida no era mucho mejor, pero algo era algo.
Tuve una relación con un chico que conocí en la lavandería, tenía uno o dos años más que yo, y era bastante agradable, pero empezó a frecuentar el club donde trabajaba y no le gustó nada verme encima de una tarima bailando sensualmente a la vista de decenas de viejos adinerados.
Me deseó suerte y se largó por patas. Tampoco le puedo culpar, era comprensible. ¿A quién le gusta que su novia sea prostituta?

Pero un día, saqué del bolso un papelito rosa donde había apuntado un número. Descolgué el teléfono del club y lo marqué.
-¿Sí?
Aquella seductora y reconfortante voz. No supe qué decir y me invadieron los nervios, por lo que colgué de inmediato.
La acción se volvió a repetir durante meses y yo me sentía como una idiota.
Podría haberse enfadado, después de todo él gastó su dinero para que yo estuviera en aquella clínica, y se lo agradecí escapándome de allí y huir sin si quiera llamarle. Igual no quería volver a saber nada de mí, pero yo le necesitaba, era tan reconfortante escuchar su voz…
Un día Roxanne me vio telefoneando.
-¿Qué haces, cielo?
Yo me sobresalté y colgué de inmediato.
-Nada.
Ella se acercó, y con una mueca en la cara de preocupación volvió a insistir.
-Sally, dime, ¿a quién llamabas?
La miré a los ojos, sus claros y preciosos ojos. Ella me había ayudado tanto a lo largo de ese tiempo… creo que se lo debía.
-Verás, el primer día, cuando llegué al club del idiota de Jack, conocí a un hombre. Se llamaba Stefano. Él trató de salvarme, pero yo, como una gilipollas, hui. No volví a saber nada de él en todo este tiempo, pero tengo la sensación de querer estar con él. Cada minuto que pasa me arrepiento más de haberme alejado.
Mi amiga me abrazó mientras lloraba desconsoladamente, echaba de menos la presencia de aquel extraño, tan dolo ese corto período de tiempo marcó demasiado mi ser.
Roxanne me animó a que volviera a llamar. Con ella a  mi lado todo era un poco más fácil.
-¿Diga?
-Soy Sally.
-¿Sally, qué Sally?
En ese momento me derrumbé, yo nunca le olvidé, estuvo presente cada día, cada noche. Pero se ve que ya me había olvidado. Era comprensible, después de todo sólo era una puta, como el resto de ellas.
Roxanne me apretó el hombro, y me susurró que no merecía la pena pasar por ese dolor, que él se lo perdía, y que era un capullo.
-Perdona, me he equivocado.
Entonces pude escuchar una risa melosa, su risa. Permanecí a expensas de que terminase, era tan bonita que no pude colgar el teléfono.
-Nunca olvidaría tu hermoso y jovial rostro, Sally.
Al escuchar esas palabras di un brinco de alegría, mis ojos se iluminaron y abracé a Roxanne.
-Stefano.
-Mi niña, ¿qué ha sido de ti?
Le conté todo lo que me había sucedido, y él no pudo más que alegrarse.
-¿Qué hay de ti?
-Yo… bueno, Sally. Estoy comprometido. Creo que ya era hora de que asentara la cabeza, ¿no? Después de todo tengo ya casi cuarenta años.
La sonrisa que tenía desapareció.
-Es comprensible.
-Oh, Sally… me gustaría verte.
Yo no sabía qué decir.
-No creo que a tu novia le haga mucha gracia que te veas con una prostituta que intentaste sacar de las drogas años atrás.
Él rio, pero a pesar de eso, quedó conmigo un día, y me invitó a tomar un café.
Estuve esperando en la plaza donde quedamos, puesto que llegué quince minutos antes de lo previsto. Tenía muchas ganas de abrazarle, pero ya no era como antes. Él estaba enamorado y comprometido, ya no había nada que hacer. De todas formas siempre ha sido muy importante para mí, y después de todo podíamos ser… amigos.

Sentí un golpecito en el hombro y me giré. Allí estaba, con su imponente percha y esa sonrisa que tanto anhelaba ver. Se había dejado barba y su piel estaba algo más tostada.
-Sally, estás preciosa.
Alcé los brazos para abrazarle, y él me besó la frente.
-Te he echado de menos- fue lo único que pude decir.
-Y yo a ti, mi niña.

Paseamos toda la mañana por la ciudad, estuvimos sentados en varios parques, hablando despreocupadamente sobre todo lo que se nos pasó por la cabeza. Y yo no podía dejar de sonreír.
Estábamos sentados encima de la hierba, a la sombra de un frondoso árbol. Yo estaba apoyada en su hombro y él en el grueso tronco.
-¿Cuándo te casas?
Él se puso algo tenso.
-Dentro de un mes.
Entristecí. Empecé a arrancar hierba del suelo y a dejarla caer sobre mi vestido. Cerré los ojos y escuché su respiración.
-Sally, si quieres cancelo la boda.
Di un respingo y me incorporé mirándole.
-¿Estás loco? Tú estás enamorado de esa chica, y ella lo estará de ti.
Él sonrió, tan impasible como siempre.
-No nos queremos, los dos lo hacemos por interés. Ella es guapa y todavía joven, podrá encontrar a alguien que a quiera de verdad.
-No, Stefano, no quiero destrozar tu vida.
Me levanté dispuesta a irme a casa, aquello no estaba saliendo bien.
Entonces, noté un tirón en mi brazo. Me cogió por los hombros y me giró para luego abrazarme y susurrarme al oído.
-Mi vida estaba destrozada desde el momento en el que me llamaron diciendo que habías desaparecido de la clínica. Cada noche esperé tu llamada, incluso me planteé ir a buscarte yo mismo, pero para cuando me decidí a hacerlo ya no estabas allí. Sally, yo… yo te quiero.
-Me llamo Alice.
Entonces alzó mi cara y me besó los labios con ternura.
-Alice, te quiero.
Entonces en aquel precioso parque comenzó a soplar el frío viento. Los mechones de mi pelo me azotaban la cara, haciéndome heridas. Un temblor en el suelo hizo que cayera al suelo y me golpease con una piedra en la cabeza. Stefano desapareció de entre mis brazos, se convirtió extrañamente en cenizas que el fuerte viento hizo desaparecer en poco tiempo. Y abrí los ojos de golpe.

Sudada, llorando, lamentándome, dándome cuenta de la terrible realidad.
-Vamos, Alice, eso sólo pasa en las películas.
Me aparté unas mantas de encima y me enfrenté al frío que hacía por esas épocas en la ciudad. Miré con recelo a mi alrededor, para encontrarme sola, sobre unos adoquines. Miré un reloj que conseguí robar a un vendedor para ver que eran las cinco de la mañana. Me hice un ovillo en la esquina en la que estaba, esperando a que empezase a transitar gente por la calle para tocar algo con la guitarra y conseguir dinero para comer ese día.
El sol salió, y los primeros transeúntes salieron al frío de la calle. Yo me dispuse a comenzar con mis cantos, abriendo la funda de la guitarra para que me echasen alguna moneda.
Estuve todo el día así, la verdad es que disfrutaba, dentro de lo que cabía, cantando y tocando la guitarra, la música siempre fue mi gran pasión.
Conseguí un poco de dinero, lo suficiente para cenar algo caliente esa noche. Por lo que estaba satisfecha.
Cuando ya me disponía a dejar de tocar vi a un hombre desde lo lejos. Iba ataviado con un traje, de pelo marrón y piel algo tostada. Estaba bajo un árbol, con un maletín negro colgando de la mano. Dirigió su mirada a mí, tardé décimas de segundo en reaccionar, pero fue lo suficiente para que él se diese cuenta de mi notado interés.
Bajé la vista a los trastes, consciente de que el tipo había empezado a caminar, esquivando a los viandantes que andaban con prisa hacia sus casas después de un largo día de trabajo. Se acercaba lentamente, devorándome.
Se situó de pie delante de mí, yo levanté la cabeza y sonreí a modo de saludo y él hizo lo mismo por cortesía.
Bajé la cabeza y continué tocando aquella triste canción, pero su mirada fija en mí me puso nerviosa y fallé en algunas notas. Frustrada, aparté la guitarra y bruscamente me levanté y le miré a los ojos, marrones, cálidos y cautivadores.
-¿Quieres algo? Me estás tapando y esta noche quiero cenar algo caliente, a ser posible, guapo.
Él rio.
-Solo contemplaba tu hermoso y jovial rostro, me parece que ya te he visto antes.
-Sí, es posible, paso poco por casa –dije con sarcasmo.
Él rio, con aquella melosa y agradable risa.
-Me refería a que yo te he visto antes, en un sueño.
Di un respingo. No podía ser, aquel hombre estaba loco…
Retrocedí dos pasos hasta tropezarme con la funda de la guitarra y me preparé para recibir el golpe, pero dos brazos fuertes me cogieron al vuelo e impidieron que cayese más.
Abrí los ojos y contemplé su rostro a pocos centímetros del mío para después escuchar su risa, melosa y perfecta.
Entonces, al ponerme de pie y retomar mi equilibrio, subió su mano hacia mi mentón y me besó tiernamente.
-Stefano.
-Mi niña.


FIN




martes, 6 de diciembre de 2011

Los cobardes nunca ganan.

Puede que no sea la más indicada para tratar el tema, pero esto es un blog, y tenía que hacerlo puesto que esto a todos nos ha tocado alguna vez.

Hay gente orgullosa que lo niega, pero todos tenemos miedo al rechazo. No es un miedo físico, como a las serpientes o a las arañas, este miedo sabe destruirnos y jodernos la vida.

“Si no lo intentas no ganas” No, claro que no, pero si lo intentas también puedes perder, y saber que esa persona no te va a querer en su vida es mucho peor que no saberlo y poderte ilusionar con ello.

Pero, todos queremos sentirnos queridos. Todos queremos querer a alguien, compartir con ese alguien nuestras debilidades, poder confiar en él. Y si no arriesgamos no vamos a ganar NUNCA. Porque lo bueno no es fácil, lo bueno es difícil de conseguir y hay que sudar por ello.

Pero ¿quién soy yo para hablar de esto?  Los cobardes nunca ganan…

sábado, 5 de noviembre de 2011

Tras esos ojos...




Sus ojos de un color apagado, denotaban tristeza, una tristeza muy profunda.  Con tan solo 16 años, había sufrido más que cualquier persona en toda su vida. Su piel era blanquecina, sus pómulos poseían un rojizo color que demostraba que todavía estaba viva, después de todo. Sus labios carnosos, inmóviles, se veían blancos, al igual que su suave tez.
Era una chica alta y delgada, bastante guapa, aunque ella, al mirarse al espejo, viese a la persona más fea del mundo. Su pelo oscuro caía en bonitos tirabuzones sobre sus hombros y espalda y le tapaba parte de los ojos. Sus frías manos descansaban en los bolsillos de su abrigo.
Su aspecto no era el de cualquier chica de 16 años, realmente aparentaba 22 0 23. Pero no sólo se quedaba ahí, cuando conseguías hablar con ella, y te dejaba ver cómo era realmente, descubrías que era una chica demasiado madura para su edad, preocupada por temas que muchos adolescentes no se plantearían. Mentalmente era mucho más madura que jóvenes que ya deberían serlo.
Dicen que a una persona se la pueda describir por sus vivencias, probablemente esta chica era una desafortunada. Una solitaria, que, en los tiempos que corrían, debía de andarse con cuidado. Incómodamente arraigada a esa fría y seca ciudad, no por gusto propio. Con ansias de descubrir mundo y de desatarse de todos los problemas que allí la sujetaban y la limitaban.
Con sueños imperecederos, que descansaban sobre sus hombros, los cuales, algún día, haría realidad. Estaba dispuesta a luchar por ellos. Con la mala suerte pegada en las suelas de sus zapatos, conseguía caminar sin resbalarse, prácticamente.
Estaba claro que esta chica tenía mucho que decir, pero poca gente quería escucharla.
Muchas más cosas que se escondían detrás de esos ojos de color apagado, que dejaré que tú mismo descubras, si alguna vez consigues cruzarte con ella por algún lugar del mundo.