jueves, 30 de enero de 2014

La noche.


Bailamos, bebemos, reímos cómplices de nuestro gran secreto que en realidad no existe. Me mira, le sostengo la mirada, sonriente pero vacilante. Me queman los labios, me arden en deseo.  Me toma por la cintura, y se acerca a mi, en lo que parecía un descuido. Me besa, tímido, yo me sonrojo. Sonrío. También me sonríe el corazón. Me vuelve a besar, él y toda su experiencia, él y todo su pasado.
Pasan los bailes, las copas, la gente entrometida, amigos, enemigos; pero es tan efímero que ni me percato. Yo estoy en mi burbuja, feliz de que me desee, feliz de que me sonría.
La noche se va muriendo, pero nosotros seguimos sonriendo. Los besos se tornan más profundos y ardientes. Chocan nuestros dientes, impacientes. Sonrío.
Un botellín rueda por el suelo. La gente le da patadas. Me toma de la mano, sonrío, el mundo se reduce a su contacto.
Salimos al frío, caminando hacia el final de la noche. Fumamos, reímos, conscientes de que este paseo mágico acabará. Me dice una y otra vez que no podía dejarme escapar “no esta vez”.
Me despido de una noche que ha dejado huella en mi corazón mal reparado con cinta americana, de una noche que le ha propinado unas enormes ganas de latir. Pongo esperanza en esto, en esta mágica aventura, toda la esperanza que podría poner una jovencita inexperta y temerosa como yo. Feliz como la que más. Y de pronto, miro al futuro, y me siento aterrada.

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