Bailamos,
bebemos, reímos cómplices de nuestro gran secreto que en realidad no existe. Me
mira, le sostengo la mirada, sonriente pero vacilante. Me queman los labios, me
arden en deseo. Me toma por la cintura,
y se acerca a mi, en lo que parecía un descuido. Me besa, tímido, yo me
sonrojo. Sonrío. También me sonríe el corazón. Me vuelve a besar, él y toda su
experiencia, él y todo su pasado.
Pasan
los bailes, las copas, la gente entrometida, amigos, enemigos; pero es tan
efímero que ni me percato. Yo estoy en mi burbuja, feliz de que me desee, feliz
de que me sonría.
La
noche se va muriendo, pero nosotros seguimos sonriendo. Los besos se tornan más
profundos y ardientes. Chocan nuestros dientes, impacientes. Sonrío.
Un
botellín rueda por el suelo. La gente le da patadas. Me toma de la mano,
sonrío, el mundo se reduce a su contacto.
Salimos
al frío, caminando hacia el final de la noche. Fumamos, reímos, conscientes de
que este paseo mágico acabará. Me dice una y otra vez que no podía dejarme
escapar “no esta vez”.
Me
despido de una noche que ha dejado huella en mi corazón mal reparado con cinta
americana, de una noche que le ha propinado unas enormes ganas de latir. Pongo
esperanza en esto, en esta mágica aventura, toda la esperanza que podría poner
una jovencita inexperta y temerosa como yo. Feliz como la que más. Y de pronto,
miro al futuro, y me siento aterrada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario